
Sebastián Turzack Castella (1983. Herault-Francia)
La fortuna quiso que Sebastián Castella naciera en Herault en 1983. El destino transita por destinos infrecuentes.
Castella se cría en la localidad francesa de Beziers, donde ve en los toros la forma de expresión y vida perfecta. De carácter reservado, sumó a su afición y su capacidad de concentración un talento especial: el de los que no han aprendido lo que saben.
De manos de un banderillero local, aprende a hacerse con los elementos de la lidia, hasta que Robert Margué lo convirtió en una promesa. Tiempo después llegaría el maestro José Antonio Campuzano, quien, además de orientarle en el rumbo a tomar, quiso acompañarle en el camino del toreo templado. A partir de ese momento, Castella, da un paso adelante: el que el resto cede irremediablemente al toro. El francés lo reivindica como suyo. Sólo desde ahí se le ve la intención al animal como él sabe hacerlo.
Constante en su preparación, más por el placer de torear que por la obligación de ejercitarse, no entrena para ser más rápido. El permanece quieto, inmóvil. Quien corre es el toro. Ésa es la estampa del que une valor y virtud en dosis exactas. Ése es el verdadero significado de “torear”.
Aunque pueda extrañar, Castella practica un toreo apasionado y, a la vez, sincero. No es visceral. No hay mayor candor que hacer las cosas como se sienten, y es la verdad quien le guía permitiéndole ver con calma delante del toro.
La voluntad del de Beziers está muy clara: llegar al lugar más alto, desde donde poder ejercer en el toreo su serena autoridad de un modo único, como nunca antes se ha hecho. Y, después, desaparecer. No es necesario más tiempo. La esencia perdudará.
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